Q de Luther Blisset

by xriesco on 07/10/2009

Q ES BÁSICAMENTE la historia de dos hombres encerrados, sin saber el uno del otro, en una habitación a oscuras. En la que al cabo del tiempo uno empieza a intuir la presencia del otro y viceversa.

La habitación oscura es la Europa desde los años 1518 y 1555, desde Alemania hasta Italia. La Europa de la proclama de Lutero y la reforma, del cisma de Enrique VIII y del Emperador Carlos V. La del Concilio de Trento y la contrarreforma. Especialmente, la Europa de las guerras de religión, de los mercenarios, los lansquenettes y los espías, la de los predicadores, profetas y visionarios. La época de Thomas Moro y el Santo Oficio, de la vieja Italia y la nueva imprenta, la de España como potencia y los sefardíes exiliados, la de los panfletos y, por primera vez, la de los medios de comunicación de masas. La Europa de los anabaptistas, anglicanos, luteranos, calvinistas, librepensadores, espirituales, pragmáticos, herejes, poetas y escritores.

Una habitación oscura repleta de trastos frágiles, así que cada uno de estos hombres empieza a sospechar la presencia concreta del otro, su adversario, por el ruido de los cacharros que se rompen.

Para empezar, uno de esos hombres, el que lleva consigo la carga de la narración, carece de nombre. Y de pasado. Aunque lo sigamos durante treinta años, el origen de este narrador a medio camino entre la santidad y lo mercenario continua siendo incierto, así que asume múltiples roles y nombres cuando la necesidad le obliga.

El otro actor en todos los dramas de este libro es Q. Si la narración cae sobre los hombros del primer actor, que debe contar su historia con múltiples voces, el libro nos permite leer la correspondencia de Q a su señor, descubriendo de esa forma una mente compleja, sutil y eficiente en su cometido. Poco a poco, cuando va surgiendo la necesidad de mostrar al lector la verdadera complejidad de esa mente, se le permite a éste pasar de la correspondencia al nivel del diario, al del pensamiento íntimo del espía plasmado sobre el papel.

Es entonces cuando, curiosamente, la expresividad de esa voz alcanza el mismo nivel que la del narrador principal, ese hombre eterno fugitivo sin nombre que sorprende a veces por usar de muchas maneras el tiempo verbal y diferentes modos, desde la narración de gestas casi heroicas en estilo clásico al stream of conciousness más caótico pero sutil al mismo tiempo.

El equilibrio es evidente: cuanto más envejece el narrador y más fácil le es enfrentarse a su pasado, más compleja se vuelve la otra voz, la de Q, cuando cuenta sus impresiones ocultas acerca del mundo y sus objetos en textos disociados de lo que debe decir en voz alta a los poderes a los que sirve.

La primera voz, la del narrador de muchos nombres, habla de una serie de batallas perdidas, en nombre de los desposeídos, los disconformes, los muertos y los simplemente hambrientos. Habla en un principio de la supuesta traición de Lutero, que en lugar de dar a éstos la esperanza liberadora y el poder de una fe para enfrentarse a los poderosos, vende esta esperanza a los príncipes para sus propios usos, y de cómo se pervierten las esperanzas de unos para frustrar los planes de otros.

Q habla en sus cartas del uso que los poderosos pueden hacer de ese regalo inesperado que es para algunos la proclama de Lutero clavada en las puertas de un templo. El narrador cuenta como se alimentan las revoluciones y como nacen los proyectos más altos e inspirados. Q cuenta como esos proyectos se convierten en infiernos para los inocentes y como se hacen fracasar las revoluciones: permitiendo que se lleven a cabo.

Cualquier lector puede darse cuenta de la intención última de esta novela.

De la misma manera que muchos otros autores antes, autores dispares como Hawthorne y Flaubert, el colectivo que se llama a sí mismo Luther Blisset cuenta una historia con sus raíces en el pasado para hablar del presente, usa los tiempos de gente ya muerta para hablar de los que todavía vivimos.

La radicalización de movimientos supuestamente peligrosos mediante la infiltración para conseguir su descrédito y destrucción es hoy en día una práctica común de los estados que se consideran amenazados. Si los europeos sabemos qué es el terrorismo de estado, es porque no hace mucho que éste se ejercía impunemente en diversos países, y de hecho es difícil saber si no se sigue cometiendo. No es casualidad que una obra como esta, no sobre la intolerancia sino sobre la manipulación de la intolerancia, esté situada en el mismo espacio de tiempo que sienta las bases definitivas para los estados europeos actuales.

Esto explica porque esa voz, la de Q, frente a la toma de postura de Lutero junto al poder local que lo mantiene, los príncipes alemanes, reza abiertamente para que aparezca un predicador que lleve más lejos las ideas de Lutero e incite a la rebelión popular: con los príncipes, repite unas cuantas veces, se puede negociar. Con los desposeídos, descontentos, rebeldes y simplemente hambrientos no.

Así es como los intereses políticos pervierten las ideas en su provecho. La intención de un colectivo como Luther Blisset, de terroristas intelectuales que usan el lenguaje como arma, es evidente, por ejemplo, en los documentos finales. ¿Qué tiene que ver la Europa de Carlos V con el mundo de hoy en día? ¿Qué tienen en común las guerras de religión en Alemania y los Países Bajos con las intervenciones de la OTAN en los territorios del este? ¿Qué tiene que ver la imprenta con la aparición de movimientos revolucionarios? ¿Qué tiene que ver la curia romana con el reparto de poder en el mundo moderno? Si un lector termina de leer esta novela y no entiende que esa relación exista, me temo que ha desaprovechado la lectura.

Porque este es un libro no sólo para reflexionar sobre los hechos que ocurrieron hace tanto tiempo que es posible contarlos de esta manera, novelada y reconstruida, sino que la intención siempre debajo de la piel del texto es la reflexión acerca de nosotros y nuestros tiempos, sin descuidar la historia ni sus anónimos actores.

Luther Blisset es un colectivo que siempre han usado los medios de comunicación como campo de batalla. Este libro, sea lo que sea, es también un heredero directo de esos tiempos de conmoción, uno de los hijos bastardos de la imprenta de Gutenberg, cuya madre es tinta y su padre el tipo móvil; y su papel se halla reflejado en el de los libros, perniciosos o beneficiosos, espirituales o profanos, que aparecen en esta historia. Dentro de la narración, la aparición de determinados textos es siempre la señal de un nuevo movimiento o de un cambio.

No creo que el colectivo detrás de este libro pretenda tanto como inspirar ese mismo entusiasmo o respuesta que la de aquellos textos, pero si que sirva para recordar cual es una de las armas de los que luchan siempre contra determinados poderes. Es posible que este mundo nuestro no sea el de Lutero y los primeros impresores, pero sí es cierto que de vez en cuando el Vaticano, por ejemplo, se opone a la publicación de un libro (como Il Milenari, hace relativamente poco), la exhibición de determinada película o la difusión de determinada información.

Y esto sólo con una entidad que es una pálida sombra de lo que fue. Si miramos a los estados modernos en los que vivimos, debajo de la capa de civismo y derechos, siguen escondidas las misma cosas que este colectivo describe en una narrativa histórica acerca de gente muerta casi hace quinientos años. Lo que en mi parecer demuestra que éste, siguiendo la “tradición moderna” italiana, es un libro sobre libros.

No en vano se ha especulado con la pertenencia o connivencia de Umberto Eco para con los miembros de este colectivo; hay aquí reflexiones sobre el poder y la imprenta, sobre las palabras y la hermenéutica que no parecen demasiado alejadas de las intenciones del padre de la semiología italiana. Después de todo, éste es un ejercicio sobre la lectura de un texto que contiene otros aparentemente disociados físicamente entre sí: la reflexión política lo convierte en un metatexto y su intención en un criptotexto, permitiéndome una pequeña broma sobre la propia identidad del texto, los protagonistas y los autores.

El otro gran asunto de esta novela es el problema de la identidad.

Y lo hace, tratando de un modo absolutamente posmoderno, de múltiples lecturas deliberadas y fracturadas, caóticas e irónicas, las identidades de sus protagonistas. Cada uno de los nombres a los que responde el narrador corresponde a un periodo de tiempo determinado y esos nombres sólo son reconocidos por los supervivientes a esos tiempos, siempre tensos y siempre violentos.

Este narrador superviviente de derrotas heroicas no sólo lleva consigo los nombres a los que ha respondido, sino que se lleva además los nombres de aquellos a los que ha conocido y ha tenido que dejar atrás. Nombres que, al igual que los suyos, sólo los supervivientes reconocen, nombres que se asocian a hechos que pudieron haber sido heroicos o liberadores pero que sólo se convierten en sinónimos de muerte: aquellos de las rebeliones populares alemanas inspirados por predicadores como Thomas Münzer o Jan Matthys, rebeliones saldadas con la destrucción y la miseria de los de siempre; la historia de los anabaptistas de la ciudad de Münster, su “rey” Jan de Leiden y ese proyecto utópico que se convierte en distópico el mismo día que se hace realidad, reflejando la destrucción interna de los grandes movimientos revolucionarios que habrían de venir en los siguientes siglos; la destrucción de los “espíritus libres” de Europa y muchos otros hechos manchados de ignominia.

Y la mano de Q confesando al lector, mediante la correspondencia entre él y su señor, su intervención en cada uno de estos fracasos, bien o mal inspirados por la búsqueda de una libertad que pertenece siempre más a un reino que ha de venir que a éste de los hombres.

La ironía de todos esos nombres, propios y ajenos, llevados a cuestas por un solo personaje es clara: de esos nombres sólo se acuerdan los supervivientes. Este narrador consciente del papel de otros en su vida es uno de ellos. El otro que reconoce nombres, porque para ello existe, vive y aprende, es Q. Que, por supuesto, es otro superviviente de esos mismos hechos donde se perdieron esos nombres.

La ironía sobre los nombres e identidades de los protagonistas de este drama histórico es patente cuando los autores se permiten pequeños chistes. El narrador necesita una nueva personalidad en un momento dado: le es dado un nombre y una familia por parte de todos los que le rodean, quienes deciden por él cual es el nombre que le conviene. Excepto cuando necesitado de nuevo nombre y encontrándose solo, le arrebata al mismo tiempo los bienes y la identidad a un mercader itinerante, asumiendo el nombre de Lucas Niemanson. Lucas hijo de nadie; como para demostrar con ese pequeño guiño que este narrador es siempre lo que lo demás quieren que sea y que cuando toma por voluntad propia el nombre de otro, este no existe en realidad. Y cuando toma a veces un nombre por su cuenta, es para resucitar a los muertos llevando en vida el nombre de uno de éstos.

La única otra persona capaz de entender la necesidad de esos nombres y de comprender su origen es el otro hombre encerrado en esa habitación oscura donde sólo el ruido de cosas al romperse delata la presencia de otro jugador. Poco importa que las cosas que se rompen sean la vida de ocho mil campesinos, doctrinas religiosas, ideales reformadores o esperanzas de libertad. En este libro los árbitros últimos de muchos sucesos son en realidad actores que representan un papel creyendo que sirven siempre a intereses más altos.

El primer narrador intenta ser la voz de muchos que sufren la injusticia, y fracasa siempre por la presencia del segundo jugador, que representa los intereses de su señor y por ende de la ortodoxia católica. Pero al fin, cuando ambos jugadores son plenamente conscientes de la presencia del otro, las elecciones hechas tiempo atrás se contemplan desde una nueva perspectivo y dejan de importarles las causas superiores a sus vidas, que les motivaban cuando eran más jóvenes, y se dedican a definirse el uno al otro.

Eso sí, volviendo a los nombres: al final, el narrador es quién es porque es flexible al respecto, porque está acostumbrado a ser varios y a llevar una carga de palabras y dejarla caer cuando tiene que hacerlo. La ironía final es que Q no puede dejar de ser Q ni siquiera cuando decide serlo. Así, con una de las más sutiles ironías que le haya visto a nadie en este tipo de texto, Q escribe una última carta a su señor… para que la lea el lector, ese otro personaje ausente de la narración pero que sin él no tendría sentido. El propio Q lo dice “¿Para quién escribo estas líneas?”. “Para mí” es la respuesta que se da a sí mismo, pero el lector siempre sabe más.

Epigrama: Si no es posible ya cambiar la historia, por lo menos uno de los jugadores puede elegir salir de la habitación.

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Falando no deserto » Auge, vuelo y caída de Presta-Mitos.
21/05/2010 en 3:39 am
Q de Luther Blisset
28/05/2010 en 12:38 pm

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