La Fábrica de pesadillas de Thomas Ligotti

by xriesco on 07/10/2009

Ontogénesis y filogénesis.

La obra de Ligotti es como ver a algún organismo marino antiquísimo, alguna especie atrofiada que ha quedado atrapada en algún callejón sin salida evolutivo y que subsiste alimentándose de restos en la zona pelágica, que repentinamente decide no sólo salir del agua y arrastrarse espasmódicamente por la orilla, sino que además, en uno de esos espasmos, consigue erguirse sobre unos miembros deformes, sonreírle los espectadores y plantarle cara al resto de la evolución en igualdad de condiciones por pura fuerza de voluntad. El estilo anacrónico de Ligotti (sí, vamos a repetirlo machaconamente una vez más: Lovecraft, Poe, Kafka y Borges, con unos cuantos toques de Breton) se revuelve contra todas las moderneces esas del género de los últimos cincuenta años o así y les arranca la cabeza de un mordisco para acabar triunfante.

Pues sí, es así de bueno, aunque ni yo mismo me lo quería creer.

Cualquier lector familiarizado con los nombres arriba mencionados entenderá enseguida cuáles son los temas básicos de las obras de Ligotti contenidas en este volumen: vastos sistemas de correspondencias emergentes ocultos tras la realidad (¿Ven? ¡Se me ha pegado!) la naturaleza del arte como cifra y código de la realidad subyacente, entidades multiformes y omnipresentes que en realidad son la misma realidad, la naturaleza de la enfermedad, la esencia del horror y la estructura de lo orgánico como manifestación de una enfermedad metafísica o muy real.

Vivisección

Quizás los dos relatos más representativos de esta antología sean “Nethescurial” y “La Torre Roja”, y como son dos ejemplares excepcionales debería ocuparme de ellos como ejemplo de todo lo demás contenido en este libro. “Nethescurial” es un juego de textos sobre la invasión de una idea, de una forma que recuerda al Borges de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” expresada de una forma numinosa acorde con los textos ficticios lovecraftianos que vuelven locos a sus lectores. La arcaica forma de diario/epístola, que pareciera desgastada por el uso, asume una nueva fuerza como un texto que comenta otro texto que a su vez esconde la realidad completa. Por otro lado, “La torre roja” es un prodigio de inventiva mórbida. Una descripción alucinatoria de procesos, formas y productos que deja al lector con la terrible sensación de que le falta asir un elemento clave para la interpretación del texto hasta el final, donde puede (o puede que no) que todo el texto se revele como una alegoría. O a lo mejor la lectura tiene que ser literal. No lo sé.

Del resto de relatos, destacaría los siguientes: “Severini”, una exploración sobre la enfermedad física adornada con una prosa igual de febril que su tema. “El manicomio del doctor Locrian” contiene una de las imágenes visualmente más impactantes (por lo directa que es en contraposición con la sutileza de otros relatos): esa plaga de orates muertos que infestan los marcos de las ventanas altas de un pueblo en llamas (retorcido, ¿eh?). “La Medusa”, donde cabe pensar que en realidad todo el asunto es una transposición terrorífica de la vida amorosa de un viejo profesor solterón. Y, por último, aunque hay más y todos meritorios, “El último festejo de Arlequín”, que ya había visto la luz en la misma editorial en la antología Chtulhu 2000, destacable por la factura clásica de todo el asunto.

Una cosa: desde luego la portada no le hace un gran favor a este libro. No se puede tener todo.

Reseña aparecida originalmente en Bem On Line

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