Remolcando a Jehová de James Morrow

by xriesco on 13/07/2001

Éste es uno de esos libros que tienen historia. Al menos para mí.

Lo leí hace más de cinco años y perdí el ejemplar en inglés que tenía. Además lo perdí en un lugar público, que no es como perderlo en casa. Milagrosamente lo recuperé en el mismo sitio donde lo había perdido un par de meses más tarde, como si no hubiese pasado nada.

Años más tarde, me presentaron a un Escritor. Este Escritor y su Esposa resultó que conocían a todo el mundo. Literalmente a todo el mundo. Así que cuando en medio de una conversación cité los cuentos bíblicos para adultos de Morrow, con una sarcástica frase del Jehová de su versión del libro de Job “Spare the rod, spoil the species”, no me sorprendió cuando el Escritor admitió conocer a James Morrow en persona. Lo que me sorprendió fue el gesto: se llevó una mano al pecho y dijo: “Morrow is a strong man… strong here” mientras se cubría con la mano la zona del corazón. Viniendo de un veterano de guerra supongo que es todo un elogio y además describe perfectamente la literatura de Morrow: Fuerte de corazón. Y también, a su manera, milagrosa, como encontrar algo que creías perdido en el lugar justo donde lo habías dejado.

Remolcando a Jehová parece en principio una de esas novelas americanas de título alegórico, como Las uvas de la ira, hasta que uno se digna leer la contraportada y se le informa de que de alegórico nada: la novela va exactamente de eso, de cómo un barco tiene la misión de remolcar el inmenso cadáver de Dios hasta una lejana tumba en el ártico porque la Divinidad judeocristiana (que tiene cuerpo, es varón y de ojos azules escandinavos) se ha muerto sin que nadie sepa la causa. Lo único que le queda es darle un entierro digno y dejar que los ángeles se mueran de pena.

Por supuesto, esta empresa estará llena de sorpresas, peligros inesperados, crisis de fe y la idea de un mundo-reloj que continua funcionando cuando el relojero ha desaparecido, para terror de unos y pánico de otros al descubrir que el relojero existía de verdad. Y tenía pene.

Remolcando a Jehová es una novela densa y al mismo tiempo simple en la que el autor, el equivalente de Dios para los personajes de papel, elimina justo al principio de ésta la posibilidad de la intervención divina para devolver las cosas a un cauce teológico “normal”. Morrow afronta la posibilidad de la desaparición de Dios dándole una entereza envidiable a sus personajes, creando una farsa de primer orden y planteando las preguntas que tanto tiempo llevan siendo formuladas por los hombres y respondiéndolas con un sentido del humor sarcástico, ácido y, lo más importante, increíblemente compasivo. Morrow, a diferencia del Dios de los Ejércitos del Antiguo Testamento, no juzga, sino que pregunta.

La Mejor forma de entender está novela quizás sea haciendo una lista de Dramatis Personae. Oh, sí. Remolcando a Jehová es un drama. Puedes morirte de risa mientras lo lees, pero sigue siendo un drama de proporciones bíblicas:

Anthony van Horne: Para empezar con los personajes más relevantes en primer lugar tenemos a Anthony, hijo de Christopher Van Horne. Capitán de barco caído en desgracia frente al mundo, a sí mismo y, lo peor de todo, frente a su padre, debido a un desgraciado accidente que provocó un desastre ecológico a enorme escala. Una marea negra digna de figurar entre las plagas de Egipto. Anthony sabe que la oportunidad que se le presenta al capitanear el Valparaiso otra vez es la única redención posible que le queda, por lo que emprenderá la tarea sin titubear, inflexible y tenazmente. Porque es todo lo que tiene. Anthony es un personaje complejo en sus intenciones y asombrosamente simple cuando trata con sus objetivos. Tormentas, motines, una pequeña segunda guerra mundial a escala o la aparición de la Atlántida son algunas de las cosas contra las que luchara este marinero de voluntad férrea. Por supuesto, y esa es la ironía de Morrow, a bordo de su barco el capitán es… Dios.

Thomas Wickliff Ockham: Es un jesuita y doctor en física que se preocupa por las teologías más compasivas y la física más profunda. De todos los religiosos o ateos de esta novela, Ockham, haciendo honor a su apellido, es el único capaz de llegar a una conclusión sobre la muerte de Dios sin comprometer su integridad personal en el proceso o caer en la histeria (bueno, baila desnudo con una monja tetuda en el ombligo de Dios, pero eso no cuenta). Ockham es la encarnación ideal del teólogo, el hombre que interroga a Dios, pero pacientemente reúne sus propias respuestas cuando este no responde. O cuando no puede responder. También es el hombre capaz de invocar el imperativo moral kantiano en los momentos mas necesitados. Dios ya no escucha, pero el viejo pedorro alemán parece que sí.

Cassie Fowler: Atea, feminista, bióloga y escritora de poco éxito de sátira religiosa irreverente. Fowler es al mismo tiempo una especie de alter ego del propio Morrow en su faceta de escritor (ha escrito, al igual que Morrow un libro llamado Bible Stories for Adults) y el contrapunto necesario en la narración para el capitán Anthony van Horne. De hecho, Fowler es el enemigo a bordo. Cuando Fowler, rescatada de un espantoso naufragio, descubre el objetivo del Valparaiso y su carga a remolque, la espantosa ofensa a su sensibilidad de científica, escritora y atea: Dios existía, tiene cuerpo y además (el peor de los insultos) es VARÓN, la lleva a poner en marcha una serie de planes para hacer desaparecer el Corpus Dei antes de que alguien más averigüe la verdad. Fowler es Ruth en el campamento de Holofernes, pero ella misma es incapaz de comprender que su odio es del tipo fundamentalista ateo, y lo mismo le pasa a sus correligionarios de la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste (excepto una de ellos, la única racionalista racional de todo el grupo).

Morrow, después de poner al revés el universo judeocristiano le asesta una dura crítica al falso racionalismo. Los miembros de la liga son, en su mayor parte, diletantes, artistas de poco talento o fanáticos ideólogos cuya reacción ante un misterio que les obligaría a replantearse su visión del mundo es simple: eliminar algo que perciben como una amenaza personal. Es bastante más racionalista, a su manera sesgada, el padre Ockham que los adalides de la ilustración. Para cumplir su objetivo, los racionalistas invocarán una de las mas delirantes locuras de la humanidad, bajo la indiferente mirada de su Enemigo.

Carpco Valparaiso: Morrow convierte un barco petrolero de pasado infausto en una recreación de la idea medieval de la nave de los locos y, al mismo tiempo, una farsa inspirada en Melville, que como él, veía en los barcos y sus tripulaciones una metáfora de las sociedades humanas, al igual que el reino perfecto de la sátira al estilo Swift (después de todo, el cuerpo de Dios es el cuerpo de un gigante de Brobdingnag). El Valparaiso se convierte durante el viaje hacia la tumba de Dios en un experimento social en la cual Morrow ensaya a pequeña escala la idea de las sociedades humanas posteriores a la muerte física de Dios. Anthony van Horne es a veces el capitán Ahab de la nave del estado mientras la ballena blanca es una deidad antropomórfica caucásica que se convierte en un lastre imposible de soportar. Literalmente, todo el peso del mundo y más. La tripulación del Valparaiso ensayará diferentes modos de enfrentarse a la muerte de Dios y se sumirá en el caos, la confusión y el asesinato. Lamentablemente para el experimento social, la nave está guiada por un monomaniático que no permitirá que nada, NADA, le impida cumplir su misión. Ni siquiera que la única película a bordo sea Los diez mandamientos.

El Corpus Dei: Un muerto de tres kilómetros de largo remolcado por los huesos del oído. Hay que decir en su favor que hace mejor papel que la divinidad activa del Antiguo Testamento. Muerto Dios, los hombres hacen exactamente lo de siempre, aunque con nuevas excusas. Vaya, se me ha escapado una moraleja. De todas formas, que nadie crea que el cadáver de dios es sólo una idea ingeniosa. Es toda una declaración de principios. Después de todo, ésta es una novela sobre la Muerte del Padre, ya mida éste tres kilómetros o sea de una estatura más manejable (aunque igual de imponente, como ya sabe Anthony van Horne) y sobre responsabilidades: a quién se las pedimos, quién las tiene de verdad y cuánto debería importarnos.

Cualquier lector que disfrute con esta novela debe saber una cosa: sólo hay una cosa mejor que leer Remolcando a Jehová. Y es leer la continuación: Blameless in Abaddon.

Un libro inteligente, maravilloso, divertido, profundo y todos los adjetivos que se le ocurran. Léalo.

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